El País del Parkinson

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Conducía mi auto como en medio de un rebaño de ovejas, cuando paraban yo también, si aceleraban, también lo hacía, tan ensimismada iba en medio del tráfico, que no tenía bien en claro a dónde me dirigía. Seguía la corriente como en piloto automático.

No podía evitar sentirme igual a mi abuela. No había mucho de lógico, no tenía ni pruebas fehacientes ni de ningún tipo. Era simple, había visto desde cerca como era eso de vivir en un país ajeno. Una vez expulsada del propio donde dos mas dos eran igual a cuatro, de ahí en más todo podía suceder. Estaba marginada por enferma en el país de los sanos.

Con el diagnostico a mis treinta y cinco años me vi expulsada de mi sueño.

Quedé aislada, sola en medio de todos, me rodeaba un cerco infranqueable que no solo yo no podía atravesar hacia afuera sino que los demás hacia mí tampoco. Así, siendo muy joven aun no tenía mas remedio que aguantarme y ser para siempre la diferente.

Un semáforo en rojo me hizo detener delante de una publicidad que era una foto gigante de una jovencita sugerente recostada, con botas y un abrigo de cuero, que no me molesté en averiguar qué promocionaba. Me daba igual si era de shampoo o ropa de cuero, solo veía esa perfección tan vacía.

Recordé que años atrás yo misma había sido modelo, de líneas largas, había sido bonita.

Mis movimientos felinos eran esos que consisten en una mezcla de perezosos y etéreos.

Eso nadie sabe con certeza en que momento se desactivó. Simplemente me transformé en otra persona, una extraña, que es como me sentí cuando empecé a notar el defasaje entre mi entorno y yo.

Mis movimientos se tornaron rígidos, mis pasos dubitativos con la inseguridad que genera un terreno desconocido y mis gestos toscos intentando a toda costa pasar desapercibida, que no se note de donde vengo. Especialmente avergonzada, por no decir humillada, cuando me ataca un temible tembladeral. Craso error, el de tratar de disimular me lleva a la frustración. Me moría por parecer nativa, como todos los demás, no extranjera. Es que así es como me siento, una extranjera en mi cuerpo.

Llevo mi nueva nacionalidad a cuestas: Parkinson.

Me toqué el cuello con la mano izquierda porque tenía una fuerte contractura y sentí como si alguien me tocara con un guante. De inmediato seguí probando, a ver cual era la parte insensible, la yema de los dedos o el cuello. Me toqué el antebrazo derecho y comprobé que los dedos de la mano izquierda estaban fríos.

En este país no se percibe más la realidad como sabía. Confiaba mucho en mi olfato para todo y ahora es como si estuviera adentro de un envase plástico hasta con algo de rancio olor a plástico, que dicho sea de paso no sé bien si es plástico o medicamento, pero todo huele a eso. Incluso sabe a eso. Todo, el agua, el aire, mi boca.

Venía pensando en que fui expulsada de mi realidad anterior, y condenada por la fuerza a la enfermedad, que es hasta siempre, cuando estacioné delante del portón macizo metálico, frente al que ya había unas 6 madres.

Para abrir la puerta del auto usé la mano derecha, con lo que recordé que debía haber tomado mi dosis de remedios correspondiente a la tarde.

La conversación de esas mujeres se me antojo terriblemente despreocupada.

Nadie tiene la culpa, ni de que los demás se hayan quedado en su país ni de que yo me sienta exiliada. Pero esto no solo se debe a que el idioma de mi cuerpo es otro sino también a la baja autoestima, la depresión y la ansiedad, propias del cuadro del Parkinson. Esto dificulta mucho mi relación con el resto, noto como se les transforman las caras a mis interlocutores por el horror al ver irremediablemente que se viene un cuento de mi país, del que nadie quiere saber nada, a menos que sea algo bueno, divertido, gracioso, algo que se pueda comprar o conseguir, algo que les haga pasar el rato y no sufrir. No, definitivamente
a nadie, por más voluntad que ponga, le gusta escuchar de mi país, tan chiquito e insignificante.

Hablando con mis compatriotas, los otros enfermos de Parkinson me sentí por fin como en mi casa, pude compartir la nostalgia del exilio y las dificultades de adaptación a todo lo nuevo. Empecé a entender por que siempre se agrupan las comunidades extranjeras en otros países.

Sonó el largo timbre tan esperado por los chicos anunciando el fin del día escolar. Ahí parada, sentí que el piso se movía, en un esfuerzo por que no se note estaba sola. Abrieron el portón dos maestras que fueron llamando por megáfono a todos. Cuando escuché: pool 70 que era el mío, giré la cabeza para mirar hacia el patio y mi visión siguió girando, perdí el equilibrio y menos mal que estaba cerca de la pared porque evité la caída chocando contra ella. Noté que solo se había dado cuenta la maestra de primaria, que me conocía, y me preguntó: ¿estás bien?

Sabiendo que tenía los ojos rojizos por el cansancio debido a dormir poco no quise mirarla, no atiné a decir otra cosa que si.

Marina Brodtkorb

Argentina