El país del Parkinson
Texto recuperado del archivo histórico de AEP Taray. Publicado originalmente en 2007.
Conducía mi auto como en medio de un rebaño de ovejas: cuando paraban yo también, si aceleraban, también lo hacía. Tan ensimismada iba entre el tráfico que no tenía bien claro a dónde me dirigía. Seguía la corriente como en piloto automático.
Con el diagnóstico a mis treinta y cinco años me vi expulsada de mi sueño. Quedé aislada, sola en medio de todos; me rodeaba un cerco que no solo yo no podía atravesar hacia fuera, sino que los demás tampoco podían cruzar hacia mí.
Mis movimientos se tornaron rígidos y mis pasos, dubitativos. Trataba de pasar desapercibida, especialmente avergonzada cuando llegaba el temblor. Quería parecer nativa, como los demás, pero me sentía una extranjera en mi propio cuerpo. Llevaba mi nueva nacionalidad a cuestas: Parkinson.
Hablando con mis compatriotas, otras personas con Parkinson, me sentí por fin como en casa. Pude compartir la nostalgia del exilio y las dificultades de adaptación a todo lo nuevo.